María en el evangelio de San Juan (I)

María en el evangelio de San Juan (I)

 

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En el evangelio de Juan hay una figura fundamental: la figura de María. En este evangelio María tiene muchos rasgos simbólicos, pero al tiempo también tiene rasgos reales, históricos.  El primero, el nombre, MARÍA, no aparece en el evangelio de Juan. Aparece 8 veces la mención, pero es “la madre de Jesús”, o a veces simplemente “su madre” o “la madre”.

Hasta hoy, cuando alguien es muy importante, se dice “la madre de”.  En nuestra historia cuando un personaje es muy importante, de gran relevancia, de repente todos los demás empiezan a estar referidos a ese personaje.  Llamar a María “la madre de Jesús”, no es ninguna degradación, sino justamente lo contrario, es situar la auténtica teología en la devoción mariana en su sitio, es decir, el foco siempre debe estar puesto en el misterio del hijo, siempre.  Cuando miramos a María siempre miramos al misterio del hijo, es “la madre de Jesús”.

 Toda teología mariana, todo acercamiento a María, desde Juan, empieza perdiendo el nombre de María, perdiendo su identidad, para focalizarlo todo en Jesús. La pérdida del nombre es el símbolo de la desapropiación total que sufre María.  Juan ve a María como aquella que pierde hasta el nombre por Jesús; está tan en función de Jesús que no tiene ni nombre.

Resulta un poco difícil, al estudiar el evangelio de Juan, la forma en que Jesús se dirige a María: “mujer”, ni siquiera la llama “mi madre”.  No es normal, sin embargo el título “mujer” es el título con que Jesús se dirige al resto de mujeres: cuando habla con la samaritana, o cuando habla con María Magdalena en las apariciones.

Juan, al llamar a María “mujer”, la está situando en un contexto distinto. Para Jesús no es tanto que sea su madre sino que en la palabra de Jesús subraya el apelativo de “mujer”. Si “doblamos” el evangelio de Juan en dos, por la mitad, aparece la categoría de “mujer” al principio, en las bodas de Caná, y al final en la resurrección (Mª Magdalena).  Al repetirse la expresión “mujer” al principio y al final del evangelio, Juan nos está diciendo que todo el evangelio está entre esas dos categorías, está situando todo el evangelio.

La forma “mujer” es la forma con que Jesús se relaciona con la humanidad, una relación de esposo con esposa.  Esa es la palabra que dice el esposo, “mujer”, el que la reconoce. María está representando, por excelencia, la hija de Sión, la nueva humanidad, la humanidad a la que Jesús se refiere.  Jesús es el gran esposo, el esposo de la humanidad, se “casa” con la mujer, con el prototipo de la mujer.

Juan pone la categoría de Jesús esposo y María la “presidenta” de toda la humanidad, y esa relación especial no es tanto madre, es más esposa.

La “madre” de Jesús aparece dos veces en el evangelio de Juan: en Caná y en la cruz.  Juan efectúa una inclusión al poner a la madre al principio y al final, todo lo que hay en medio tiene que ser interpretado desde esta perspectiva. Todo lo que hay entre Caná y la cruz tiene un hilo conductor, que viene reflejado por la presencia de la madre de Jesús.

Tanto en Caná como en la cruz aparecen dos términos: “la mujer” y “la hora”.

– En Caná Jesús le dice a María “mujer….todavía no ha llegado mi hora”.

– En la cruz Jesús mira a María y le dice “mujer…. desde aquella hora el discípulo….”

Cuando hablamos de mujer hay que hablar de la hora.

En medio de la cena Jesús vuelve a hablar de mujer y hora “cuando va a dar a luz la mujer está triste porque ha llegado su hora”. (16:21).  Intenta explicar qué entiende por mujer: la que da a luz.

No sólo el evangelio, sino también toda la Biblia, está traspasada por la categoría “mujer”:

– Génesis: eva y serpiente

– Apocalipsis: mujer y dragón

Juan no quiere poner en su evangelio el nombre de María, si no “mujer”, para que nos evoquen todas estas cosas.

Existe también un paralelismo muy importante de “mujer”, con otra categoría, los “discípulos”.  Aparecen dos veces relacionados:

– Caná: María es la que trae a los discípulos. María estaba y los discípulos llegan.

– Cruz: María está a los pies de la cruz con el discípulo amado.

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En el primer momento de la predicación de Jesús la familia está al margen, incluso no entiende bien, “porque ni aún sus hermanos creían en él” (7:5).  A partir de la Pascua es cuando María y la familia de Jesús se empiezan a integrar en el seguimiento.  Sin embargo Juan adelanta en el evangelio la incorporación de la madre y los hermanos de Jesús para explicarnos el concepto de “la hora”.

En Caná es donde se anticipa la gloria de Jesús, pero se revela definitivamente en la cruz.  Es la forma que tiene Juan de contar en qué consiste la gloria de Jesús.  La gloria de Jesús va a estar en la cruz, y esa es la hora a la que nos quiere conducir Juan.  Como en la hora de Jesús, la cruz, está María y todo lo que significa María, a Juan le parece necesario situar también a María al principio, como un anticipo de lo que María va a ser luego.

En Caná Jesús dice “¿qué tengo yo contigo, mujer?” (2:4).  Lo que parece una brusquedad o tensión de Jesús con su madre no es tal.  Es la forma de decirle “mujer, no te adelantes que todavía no ha llegado la hora, todavía no es el tiempo.  La hora es en la cruz, cuando revelará quién soy, quién es Dios”.

María adelanta el momento en Caná y Jesús hace el signo, pero la función de María sobre la comunidad aún no la va a ejercer.  Queda la muerte y la resurrección para entender qué va a hacer María: será la madre de la comunidad.

Caná, al igual que anticipo de lo que va a suceder en la cruz, es un aplazamiento, una corriente que empieza y que trasciende todo el evangelio.  Utiliza la figura de María como madre como toda una corriente que trasluce, y que va a empujar todo el evangelio para decirnos lo que quiere contarnos en el acontecimiento de la cruz.  Es decir:

– Si en la cruz sucede la gloria, en Caná María la anticipa.

– Si en Caná es una revelación, es revelación que se aplaza hasta el momento de la cruz y María está presente.  Es el comienzo que va a la hora.

Desde Caná hasta llegar a la cruz, Jesús utiliza 7 signos (que Juan nunca llama milagros), que nos van a llevar al misterio de la cruz y de la resurrección. Estos signos nos dicen a qué ha venido Jesús y quién es Jesús. Los signos empiezan y acaban con María.

Quizá Juan nos está diciendo que la hora va a ser un parto doloroso en que va a nacer un nuevo hombre.  La hora de Jesús es el gran parto de la nueva humanidad, de la cruz va a salir algo totalmente nuevo. Es en la cruz donde resplandece quién es Dios.  Allí donde el hombre está matando a Dios, es donde Dios se revela quién es, cuando me matas, yo soy el que ama, y de aquí sale una nueva humanidad.

El signo de Caná sin la cruz no tiene sentido. En Caná todavía hay una religiosidad en la que se busca a Dios sólo porque soluciona los problemas cotidianos, es la religión del “Señor, dame”.

En el evangelio de Juan aparecen 3 semanas:

– Primera semana: constitución de la comunidad, llamada de los discípulos.

– Segunda semana: movimiento de Jesús.

– Tercera semana: final de la pasión y resurrección.

Las bodas de Caná aparecen al tercer día de la primera semana. Juan sitúa este momento en la constitución de la comunidad que sigue a Jesús.  Aparece al principio del libro de los signos.

La primera semana comienza “en el principio” y se completa “en el día sexto”, porque para Juan el séptimo día todavía no había llegado.  Cuando Juan habla de los “tres días” siempre hay que acordarse de los tres días del misterio pascual.  Para Juan, para alumbrar algo nuevo, para incorporarse algo nuevo, hay que pasar por la noche de los tres días.  La hora de Jesús tiene que pasar por el misterio pascual de los tres días.  El primero de los signos aparece “al tercer día”; algo nuevo está saliendo, pero después de los tres días.

Comienza a realizarse lo que Jesús había dicho.  En Caná la comunidad, los discípulos que están juntos, con María, empiezan a contemplar la gloria.

Para Juan los signos tienen un sentido sacramental y simbólico. Sacramental en el sentido que Juan tiene claro que Dios interviene a través de pequeños símbolos.  Los signos también nos indican que empieza un tiempo nuevo. En Caná indica que todo lo que había detrás son sombras, pero ahora viene la luz, lo de verdad.  La boda de Caná es un signo que da paso a un tiempo nuevo, que termina con un vino nuevo.

El primer signo del tiempo nuevo comienza con una boda. La imagen de Dios con su pueblo era como una alianza, una entrega nupcial.  La vida matrimonial era el mejor símil para explicar cómo Dios está con su pueblo.  Cuando Juan tiene que explicar qué es Jesús y qué viene Jesús a hacer, lo hace a través de una boda, pues es la forma que tiene Dios de relacionarse. El maestresala de Caná va a felicitar al novio por el vino, pero felicita a Jesús, el verdadero novio de aquella boda, el novio que pone el vino.  Si Caná es el anticipo de todo el evangelio, de todos los milagros de Jesús, el primer milagro tiene que ser una boda.

 

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En esta boda falta el vino, símbolo de la abundancia, de fiesta.  El vino es el signo del tiempo nuevo que empieza.  El vino se ha acabado, se ha terminado la alegría, el amor, sólo hay apatía y vacío. Jesús es el vino nuevo que renueva la fiesta y el amor.

El paralelo del vino de Caná, es el costado abierto en la cruz.  El vino que en Caná se ha acabado, es el vino que en la cruz se derrama, y se queda sin nada porque ha sido entregado. Jesús en Caná convierte el agua en vino y en la cruz convierte su cuerpo en su espíritu.

En Caná se pasa de una alianza a otra.  Aparecen 6 tinajas de piedra. El número 6 (7 – 1) es símbolo de imperfección. El hecho de que las tinajas sean de piedra se refiere a la pureza virtual. El barro es impuro para el judío, la piedra es pura.  Las tinajas de piedra se llenan de agua para las abluciones.  Para el vino se usan tinajas de barro.

Pero Juan habla de tinajas de piedra como de piedra eran las tablas de la Ley (antigua alianza), como Ezequiel habla de transformar el corazón de piedra en corazón de carne. Nos dice que las tinajas están vacías porque no valían.  La antigua alianza se ha convertido en algo de piedra, que está vacío y que lo único que provoca es que la gente se sienta mal.  En ese momento es cuando se agota el vino y el maestresala, el responsable, ni se ha enterado.

En entonces cuando aparece la madre. Está en la boda desde el principio, los discípulos llegan después, sólo se habla de María y las tinajas. María se identifica con lo que está sucediendo pero no del todo, es la observadora.  María es la parte del pueblo de Israel, aquellos que se enteran de lo que está pasando, “no tienen vino”.  María empieza ya a ocupar una posición. En el pueblo judío había gente como María que son capaces de dirigirse a Jesús.  María es el prototipo de los que vienen de la antigua alianza, del mundo que no funciona, y es capaz de hablar con Jesús, y capaz de darse cuenta de lo que está pasando: estos ritos no nos valen, estas tinajas están vacías, este vino se ha acabado, esta boda no está saliendo bien.  Es la primera que percibe totalmente lo que está pasado y, además, es la que se pone en relación con los discípulos.  De repente María es la que dice lo que pasa y la que organiza.

María es todo ese pueblo de Israel antiguo, toda esa gente buena que se ha dado cuenta que hay veces que la religión no funciona y que necesita ponerse con el vino nuevo. Pero Jesús le dice “Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí en esto? Todavía no ha llegado mi hora” (2:4). No es la hora del vino, Jesús tiene claro que su hora no ha llegado, y parece que le dijera “esta hora no es tuya María, en todo el proceso la hora es la mía porque soy yo el que tiene que pasar por todo el sufrimiento”. Por eso María dice que, como la hora aún no ha llegado “haced todo lo que él os diga” (2:5)…él sabrá.

Aparecen entonces los discípulos, que hacen de servidores en la boda.  Es a los que encomienda María.  María es el nexo entre el antiguo pueblo y el nuevo, que dice “vosotros sois los discípulos haced lo que él os diga”. Los discípulos se convierten en servidores y en los ministros del pan y del vino.  Son los que se enteran del milagro.

“Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él” (2:11)

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