VIII Domingo del Tiempo Ordinario

VIII Domingo del Tiempo Ordinario

De cada acción nuestra se puede decir que es un fruto bueno o un fruto malo; pero, aquí, como indica la frase final, se discute sobré todo de lo que habla la boca, de las palabras. Ello se deduce también del fragmento del Sirácida escuchado en la primera lectura: «El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en su razonar». Jesús enseña, sí, a juzgar al hombre por las palabras que dice; pero, también, a juzgar las palabras de aquel que las dice; enseña a calificar al árbol por los frutos; pero, también, juzga los frutos del árbol. Si un árbol malo, silvestre, lleva encima frutos buenos, brillantes, es necesario preguntarse si no son frutos artificiales y postizos.

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LECTURA DEL LIBRO DE SIRÁCIDA 27, 4-7
Cuando se agita la criba, quedan los desechos;
así, cuando la persona habla, se descubren sus defectos.
El horno prueba las vasijas del alfarero,
y la persona es probada en su conversación.
El fruto revela el cultivo del árbol,
así la palabra revela el corazón de la persona.
No elogies a nadie antes de oírlo hablar,
porque ahí es donde se prueba una persona.

Palabra de Dios.

 

SALMO RESPONSORIAL 91, 2-3. 13-14. 15-16 (R/.: cf. 2a) 
R/. Es bueno darte gracias, Señor.

V/. Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo;
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad. R/.

V/.El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios. R/

V/.En la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
mi Roca, en quien no existe la maldad.  R/

 

LECTURA DE LA PRIMERA CARTA A LOS CORINTIOS 15, 54-58
Hermanos:
Cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?».
El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley.
¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!
De modo que, hermanos míos queridos, manteneos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor.

Palabra de Dios.

 

LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 6, 39-45
En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».

Palabra de Dios.

PARA ORAR CON RANIERO CANTALAMESSA OFMCAP

POR QUÉ TE FIJAS EN LA MOTA DEL OJO AJENO

Espiritualmente hablando, el defecto más frecuente de la vista no es la miopía sino la presbicia. Miopía es ver bien de cerca y mal de lejos; presbicia, por el contrario, es ver bien de lejos, pero mal de cerca. Aquel que ve la paja en el ojo del hermano y no ve la viga en el suyo ¡es uno que ve de lejos; pero no ve de cerca! Es un présbita. El présbita, a veces, no consigue leer un escrito, incluso teniendo los caracteres grandes como vigas, teniéndolo a un palmo de los ojos. Jesús denuncia aquí una tendencia innata del hombre, que los antiguos moralistas han ilustrado con el cuento de las dos alforjas. En la reelaboración que hace de ella La Fontaine dice: «Cuando vienen a este valle lleva cada uno sobre sus espaldas una doble alforja. Dentro de la que está delante cada uno de nosotros pone de buena gana los defectos de los demás, y en la otra mete los suyos».

Tenemos ojos de lince, nota el mismo autor, para darnos cuenta de los defectos del prójimo y somos topos ciegos cuando se trata de los nuestros. Simplemente, debemos cambiar las cosas: poner nuestros defectos en la alforja, que tenemos delante, y los defectos de los demás en la de atrás.
Cuando esta enseñanza de la sabiduría popular viene hecha precisamente por Cristo en el Evangelio toma una motivación mucho más profunda. Se trata de un aspecto del mandamiento nuevo del amor. «¿De dónde viene, decía un antiguo Padre, toda esta nuestra manía de juzgarlo todo y a todos, si no es por la falta de amor? Si tuviésemos en nosotros un poco más de amor y de compasión, no nos preocuparíamos en mirar los pecados del prójimo, porque, como dice la Escritura: «El amor todo lo excusa» (1 Corintios 13,7).

Ciertamente, los santos no son ciegos y todos odian el pecado; y, sin embargo, no odian a quien lo comete, no juzgan, sino que le tienen compasión, le aconsejan, le consuelan, tienen cuidado de él como de un miembro enfermo, hacen todo lo posible para salvarlo» (Doroteo de Gaza).
Si uno de nosotros tiene un pie enfermo, llagado, ciertamente no lo desprecia, no pide que sea amputado de inmediato, sino que hace de todo cuanto puede para salvarlo, incluso si está apunto de tener gangrena. ¿No debiéramos hacer lo mismo de cara al hermano, que ha pecado, desde el momento en que «nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo los unos para los otros?» (Romanos 12,5).

Con ello no se excluye la posibilidad y a veces también el deber de la corrección fraterna; se dice sólo que para que tenga éxito, es necesario primero quitar la viga de nuestro ojo. Esto es, quitar cualquier sentido de desprecio, de superioridad, de prevención; darnos cuenta de que lo que nos mueva no ha de ser la ira o el resentimiento sino el deseo del bien del hermano o de la comunidad. En suma, no hay que condenar juntos al pecado y al pecador. ¡Qué aire nuevo se respiraría en la familia, incluso en la comunidad y en la sociedad, si nos esforzáramos en seguir un poco más estas exhortaciones del Evangelio!

Ahora, veamos los consejos que nos da Jesús a propósito de la otra facultad nuestra, que es la palabra: «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca».

De cada acción nuestra se puede decir que es un fruto bueno o un fruto malo; pero, aquí, como indica la frase final, se discute sobré todo de lo que habla la boca, de las palabras. Ello se deduce también del fragmento del Sirácida escuchado en la primera lectura: «El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en su razonar». Jesús enseña, sí, a juzgar al hombre por las palabras que dice; pero, también, a juzgar las palabras de aquel que las dice; enseña a calificar al árbol por los frutos; pero, también, juzga los frutos del árbol. Si un árbol malo, silvestre, lleva encima frutos buenos, brillantes, es necesario preguntarse si no son frutos artificiales y postizos.

Cuando habla de frutos, Jesús no entiende sólo las palabras, sino, más globalmente, todo el modo de comportarse y de vivir. Las palabras pueden engañar a quien no conoce a la persona, no a quienes viven juntos. Con esta precisión, la observación de Jesús: «Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca» se manifiesta extraordinariamente verdadera y corresponde a la realidad. Basta simplemente observarnos durante una conversación: de qué hablamos, sobre qué cosa tendemos siempre a llevar el discurso si no es a lo que nos está más cerca, junto al corazón, en aquel momento, lo que más nos turba o nos alegra.
La lengua golpea donde el diente duele, dice el proverbio. Todo esto no debe quedar sólo a nivel de observación psicológica sino que debe servirnos como criterio para juzgarnos a nosotros mismos.

Cuando nos damos cuenta de que todo lo que sale de nuestra boca, cada vez que hablamos sobre una cierta persona, es siempre negativo, crítico o sutilmente ambiguo, nos debemos preguntar si en nuestro corazón hay amor o, por el contrario, desprecio, resentimiento o envidia hacia aquella persona.

El Apóstol nos exhorta: «No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen» (Efesios 4,29). Las palabras «malas o dañosas», cargadas de sarcasmo o de reproche, que ponen siempre a la luz el lado débil del otro, tienen el mismo efecto que los filamentos gelatinosos de las medusas en el mar: donde se dejan caer hacen un agudo dolor y dejan un amoratado durante días y semanas. Palabras «buenas» en sentido absoluto son solamente las que Dios nos dirige a nosotros, como son las palabras evangélicas que hasta aquí hemos escuchado. Y también cuando corrigen, edifican, porque vienen de un corazón que nos ama. Por esto, podemos terminar con las palabras de la aclamación del Evangelio: «Señor, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza» (Salmo 51, 17) o las otras: «Abre, Señor, nuestro corazón y comprenderemos las palabras de tu Hijo».

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